Desafíos de la democracia, a 30 años del “Nunca más”

Las enseñanzas de las luchas del pasado y la victoria sobre los fundamentalismos arbitrarios nos devolvieron la democracia y la soberanía popular.

Después de siete años de la dictadura más atroz y sanguinaria de la historia argentina, surgió un líder político que llegó al poder con la convicción de que era necesario reconstruir el modelo democrático y republicano, y que llenó de contenido el concepto de democracia, vapuleado y bastardeado durante gran parte del siglo que entraba entonces en su último tramo.

Raúl Alfonsín –de él hablo– estaba convencido de que no podíamos tener democracia sin verdad. Por esa razón, desde la presidencia de la Nación, a la que accedió por voluntad de las urnas, tomó una de las decisiones más importantes y vanguardistas de la historia argentina: sancionar el decreto 158/83, por el cual ordenó procesar a 
los integrantes de las juntas militares que comandaron el llamado Proceso de Reorganización Nacional.

La dictadura se inició con el golpe de Estado del 24 de marzo de 1976 y concluyó el 10 de diciembre de 1983, intervalo de nuestra historia en el que fueron avasallados los derechos humanos y reinó el terrorismo de Estado, aberración que se caracterizó por la persecución, desaparición y muerte de miles de personas y por otros crímenes de lesa humanidad.

El 9 de septiembre de 2015 se cumplen 30 años de que la Cámara Nacional de Apelaciones en lo Criminal y Correccional Federal de la Ciudad de Buenos Aires dictó la sentencia que significó la culminación del proceso judicial denominado “juicio a las juntas”.

El juicio se desarrolló en un contexto en el cual, pese a la existencia de un importante activismo en materia de defensa de los derechos humanos y al desprestigio de las Fuerzas Armadas después de la derrota de Malvinas, las instituciones castrenses aún mantenían un poder político residual y una capacidad de presión innegables.

No obstante, se enjuició a quienes detentaron de facto la suma del poder público. Y lo más trascendente: se lo hizo sin más armas que la propia ley.

El proceso judicial fue catalogado como único y ejemplar en la historia de la jurisprudencia internacional, más aún cuando a países de la región como Chile, Uruguay o Brasil –que padecieron crímenes similares– les resultó imposible llevar a los represores ante la 
Justicia.

No fue necesario para ello crear ningún tribunal especial.

Bastó con la aplicación del Código Penal existente en la República, rescatado por la coherencia, convicción, altura moral y política de un líder que basó su campaña en el poder del derecho y la democracia y cumplió con lo prometido.

Esa actitud posibilitó que la sociedad argentina pudiera mirarse en el espejo de la justicia, la dignidad y la libertad, y desterrara para siempre la arbitrariedad brutal de las dictaduras que asolaron el país durante el siglo 20. Todavía resuena aquella inolvidable frase del fiscal Julio César Strassera al final de su alegato de condena a las juntas: “Señores jueces, nunca más”.

La fundamentación fue celebrada con una ovación, respuesta de los presentes a tantos años de impunidad.

Lo que falta

Pero ¿cuántas batallas nos falta librar aún como sociedad?

¿Contamos con la dirigencia necesaria en cantidad y calidad para darlas?

¿Puede funcionar la Justicia si se desplazan o se designan jueces a conveniencia del poder político de turno?

¿Cómo podemos luchar en procura de la armonía del conjunto social impulsando la diversidad y la no discriminación si sólo vemos confrontaciones, personalismos y negación contundente a quien piensa distinto?

¿Cómo podemos batallar por la transparencia si desde el poder mediático militante infunden el temor y la descalificación a quienes 
pretenden levantar una voz diferente?

¿Cómo pelear contra la corrupción si se promueven artilugios para no juzgar a los sospechosos que tienen lazos con el poder o bien se recurre al dado mágico que siempre destina la causa a un juez afín al Gobierno nacional?

¿Cómo podemos combatir la pobreza si no aceptamos la realidad de su existencia?

¿Cómo hacerlo contra la desnutrición si el frío número de un índice puede hacer desaparecer por arte de magia el hambre de un 
niño?

Una sociedad asqueada de sangre y terror, y su conductor, Raúl Alfonsín –el último gran estadista de nuestra patria–, fueron los artífices de aquel nunca más.

Uno de los riesgos que se corre en el tiempo es que aquellas causas colectivas por las que sufrieron y dejaron sus vidas tantos actores movilizados en pro de una sociedad mejor caigan en el olvido.

La violación a los derechos humanos sigue existiendo en forma aberrante y no combatida en variados contextos: el narcotráfico que corroe y arrasa a gran parte de nuestra juventud, la corrupción siempre impune, la inseguridad que asedia, la pobreza que mortifica. Flagelos nuevos y otros no tanto, que llevan a las personas a vivir de una manera indignamente apremiante.

Las enseñanzas de las luchas del pasado y la victoria sobre los fundamentalismos arbitrarios nos devolvieron la democracia y la soberanía popular, para que los ciudadanos podamos elegir con libertad a nuestros representantes. Razones demasiado importantes por las que hoy, más que nunca, debe resplandecer y servirnos de guía el legado esencial de Raúl Alfonsín, quien decía: “Tenemos un método: la democracia para Argentina. Tenemos un combate: vencer a quienes desde adentro o desde afuera quieren impedir esa democracia”.

Democracia para seguir aprendiendo lo mejor y empezar a ejercerla de forma definitiva, tanto en la política como en todos los aspectos de nuestra vida social.

 

Por: Soledad Carrizo en www.lavoz.com.ar

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